| | Amir Thaleb Life.com | vida a partir de eso… Con tanta medicación, tantos controles, tantas visitas a la clínica, sacarse sangre cada semana, nunca había vivido algo así, más que cosas normales y triviales, por suerte, nunca había sufrido, pero le hice frente, me hice un buen paciente y cumplí todo tal y cual me decía el médico. Sin embargo, lo más horrible de todo esto fue ver como mi cuello y mi cuerpo todo cobraba otra forma, los trajes ya no me entraban, me sentía incomodo con mi cuerpo, toda la piel me ardía, pase de híper a hipo, o sea, de hiperflaco a hipopótamo, de cincuenta nueve kilos, en tres meses, me fui a ochenta y cinco. Mirarse al espejo y no identificarse, no gustarse, rechazar lo que veías, escuchar a tus espaldas “¿Qué le pasó? Está hecho un chancho… Ummm… lo que pasa es que se estaba muriendo…” Y todas las conjeturas de mierda de la gente de mierda. Estar en un camarín llorando, porque tenía que salir a bailar y el traje no me entraba, el mismo que me habían hecho nuevo la semana pasada y me iba perfecto; el simpático que viene y te dice “¡Che, larga los postres!” Me llenaron de rabia, de impotencia, aunque sabía que iba a pasar, pero no sabía cuándo. Comía solo ensalada y no bajaba ni medio gramo, fue así, entonces, cuando decidí dejar de bailar a principios del 2012, ya no quería presentarme en público, no estaba preparado ni para verme horrible en las fotos que filtraba todo el tiempo en facebook, ni estaba listo para escuchar a las ratas de dos patas de la parte |
|
| En el filo de la vida | maligna de este ambiente de danza.
Se armó un quilombo (desmadre) en mi círculo más íntimo: "¡Vos estás loco, no podés dejar de bailar, esto es tu vida, sabés que esto va a pasar, sabés que la gente es mala...!". Sabés, sabés, sabés, pero yo solo sabía que ya había llegado al final: la muerte se acercaba, pero la del bailarín. Me había convertido en pura obsesión, llegaba a un lugar donde me habían contratado y lo primero que observada eran las caras, para ver qué cara ponían. Me hice adicto a los laxantes y a las pastillas naturales para adelgazar. Recuerdo que, un día en Amsterdam, estaba tan, pero tan inflamado que me metí en una lencería de mujeres a probarme fajas para contener lo más que podía, pero era peor, porque los trajes me hacían más panza, más todo, porque eran tan duras y rígidas que, cuando me movía, me hacían mondongos por todos lados, jamás olvidaré el bendito dos mil doce, ¡¡¡que lo parió!!! Me sentí tan feo, tan horrible y avejentado. ¿Qué más les puedo contar? Es horrible, para alguien que siempre se cuidó y que trabajó con lo estético que le ocurra esto… Deseaba ser almacenero, menos bailarín. Me miraba al espejo y me decía: “Amir, dejate de joder, ya se terminó, colgá los trajes.”.
Todo esto descalabró mi estado anímico, vivía deprimido, | | |
|
| |