| | Amir Thaleb Life.com | | Todo eso que yace en lo más profundo de nuestro ser es nuestra humanidad, despojados de roles sociales, de actitudes más convenientes acomodadas a las circunstancias, más allá de todo eso. Así comenzó este increíble camino en mi vida que todavía sigo recorriendo, tratando de ser lo más honesto posible conmigo mismo, sacando las máscaras y sincerándome desde lo más profundo.
¿Quién era yo en ese momento? Lo comparo con el momento en que explota con toda su furia un volcán, echando a los lados la lava que lo atraganta. Cargaba con viejos rencores, autoexigencias aniquilantes que me quitaban el aire por tratar de ser como yo creía que los demás esperaban que fuera. Y nada de esto resultaba, me sentía indefenso, maltrecho, miedoso, angustiado y perdido, carente de afecto y necesitando ser amado como un niño que fue desgarrado de las entrañas de su madre. Todo puesto en el afuera, en los demás, blasfemando |
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| En busca de mi propia humanidad | contra la vida, contra el baile, contra todo. Pero dicen que siempre hay una luz en el camino, y allá, muy a lo lejos, algún destello comenzaba a visualizarse. Aquella luz me significaba que por primera vez en la vida comenzaba a darme cuenta de lo que en verdad sentía, y me lo estaba permitiendo. Por vez primera podía reconocerme en ese otro mapa desgarrante, pero con fe y esperanza de recorrer un camino nuevo. Ahí entendí que era humano y que no todo era perfecto, ni brillante, ni maravilloso, también tenía mis miedos e ignoraba cómo hacer las cosas bien, si en verdad debía hacerlas bien o simplemente debía hacerlas sin importarme el resultado. Por vez primera me encontré con mis límites, con mis carencias y, desde aquel momento, la autosuficiencia se hizo añicos en el aire, comprendí la importancia de saber cubrirse a sí mismo las propias necesidades que solo uno puede brindarse y nadie más que uno. No obstante, primero hay que tener la valentía de reconocerse necesitado, dejar de mendigar y convertirse uno mismo en el pilar de la propia existencia. A partir de ese mágico momento, todo mi ser y, por ende, mi alrededor comenzaron a cambiar. Algo ya no era igual, ya mi bienestar no dependía de los demás, sino que estaba tan solo en mis manos, yo debía decidir cómo tenían que ser las cosas, cómo sentirme, qué pensar, qué esperar y qué no. Desde ese momento también entendí que los demás eligen cómo sentirse, | | |
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