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escapar de una serie de profundos replanteos existenciales.

Siento que de alguna manera, mi generación sufrió un quiebre en alguna parte del camino existencial, ya que hasta los noventa todo se mantuvo más o menos dentro de los cánones preestablecidos de acuerdo a la educación recibida de chico, pero el cambio en los años noventa fue muy brusco, la globalización en todos los sentidos vino con todo, y no todos los de mi generación lograron adecuarse sin conflictuarse o sin desubicarse de una forma u otra. Y hubo que sufrirla para poder reencontrar el camino. Me encontraba frente a la sensación de que nada de lo aprendido en la vida me servía. La gente iba a mil por hora, los más jóvenes nos pasaban por encima, uno se sentía un idiota muchas veces, un chico de
17 años te daba cátedras de vida que te dejaban perplejo…
En fin, uno se terminaba sintiendo un desencajado total.

Se gozaba de otra libertad o quizás, de un libertinaje del que uno no estaba acostumbrado. Solía decir entre mi amigos: «Antes no ibas a la cama sin antes por lo menos tomar un café, ahora ni siquiera te preguntan tu nombre…».

La gente se había vuelto más interesada, más trepadora y más

La vida es un círculo grande y preciso

conflictiva al mismo tiempo; más histérica en pocas palabras.
Todo se había vuelto: «que sí pero no, bah no sé, quizás, bueno dale, ay pero no sé, entonces no». El mundo se había vuelto algo muy pesado para mí. Además, la cultura del consumismo hacía estragos por doquier, y todo gracias al capitalismo salvaje. Cuánto tenés, cuánto valés, tenés o no tenés. Y se desmoronaron los valores en gran parte de la sociedad y a todos los niveles.

En aquel entonces, bailaba en el Restaurante Árabe
El Beduino
, junto a Sarat. Se ganaba muy bien, un dólar = un peso, era todo genial. Había optimismo y la gente no escatimaba en gastar dinero en salir a ver espectáculos, y eso nos favorecía en gran parte. En aquella época defendí los derechos de las bailarinas y logré que se pagaran sueldos por bailar, conseguí que cada uno pudiera ponerle un precio a su trabajo, eliminando la propina como única ganancia, ahora pasaba a ser un extra más en los sueldos. Bailaba además, en muchísimas fiestas privadas y poco a poco se iba llenando mi departamento de interesadas por la Danza Árabe.

Por el momento no existía conflicto en este aspecto, pero sí en el espacio personal de mi vida. Había dedicado toda mi existencia a la danza, estaba casado con la danza, pero a los

 

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