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En Marzo de ese mismo año vino una tremenda devaluación económica en Brasil y ya no convenía quedarse. El alquiler del apartamento se había ido al doble, todo aumentó y como siempre, los sueldos eran los mismos, se había hecho muy difícil.
Terminé de tomar la decisión de regresar, una noche que el dueño del restaurante estaba completamente borracho y nos apuntó a todos con su revólver. Jamás olvidaré el susto que me llevé esa noche, la espantosa sensación de tener un arma apuntándome en la cabeza. Me escapé y sin decir nada, al otro día temprano, regresé en autobús a mi casa… Treinta seis horas interminables de viaje, pero feliz de regresar sano y salvo.

Mientras estuve esos cinco meses viviendo en São Paulo, coseché un lindo grupo de amigos. Tenía amigos armenios, con los que solía juntarme a comer y bailar hasta altas horas de la madrugada. Amigos brasileros, que me hacían conocer otros espacios propios de Brasil. Y una amiga especial, que la recuerdo con todo mi cariño, SHEHEREZAD. Ella había sido bailarina en su juventud, ya era una mujer mayor pero con mucha sabiduría y con un gran humor.

El comienzo de una Carrera Internacional...
también el exilio.

Me reía cuando me decía que nunca pensó que los hombres podían enseñar la Danza del Vientre, porque tenían las caderas cuadradas y las mujeres redondas y éste era un baile redondo. Pero cuando ella me vio bailar dijo para si: “Hay que cambiar todos los libros de la historia porque están equivocados.” Solía repetirlo siempre a sus alumnas y a cada uno de sus amigos.
Ella había nacido en Egipto y usaba sus ojos negros bien pintados y resaltados, turbantes y túnicas. En el living de su casa, que estaba todo decorado al mejor estilo beduino, nos tirábamos en los confortables almohadones que ella poseía, mientras preparaba un exquisito café turco y una comida especial. Yo solía ir con un amigo brasilero que era bailarín de Danza Contemporánea y estaba fascinado con ella. El le decía que quería aprender a bailar con ella y era muy cómica la respuesta que ella le daba:
Hijo, eso es imposible, porque yo tengo un problema. Mirá no hay nada más excitante que ver un hombre mover sus caderas y yo si le doy a clases a los hombres me caliento.”
Y nosotros nos matábamos de risa y más al ver con la seriedad que lo decía.
 

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